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En: En los medios En: martes, mayo 1, 2018 Comentario: 0 Hit: 24

Algunos han tratado de enmascarar el desastre político apelando al magnífico comportamiento económico de la región

Alberto Ruiz-Gallardón, Cristina Cifuentes, Esperanza Aguirre e Ignacio González en 2015.Alberto Ruiz-Gallardón, Cristina Cifuentes, Esperanza Aguirre e Ignacio González en 2015. LUIS SEVILLANO

El núcleo dirigente pepero de Madrid ha convertido su política en una pocilga. Ese estigma daña e indigna al buen pueblo madrileño. Pero por su peso y relevancia, también a los demás.

Algunos han tratado de enmascarar el desastre político apelando al magnífico comportamiento económico de la región.

¿Cómo pueden ser ciertos (que lo son), ambos extremos?

Por un conjunto de razones que poco tienen que agradecer a la recua de presidentes y presidentas corruptas.

La liberación de la dictadura libró a Madrid de su carcasa gris y opresiva, a ella adherida. Liberó sus energías, destapó la vida artística, la pulsión burguesa y trabajadora comprimidas por la fachada burocrático-cortesana. Convirtió la capital en ciudad.

Luego, la globalización, al ampliar circuitos y seleccionar nudos, favoreció la prevalencia de las capitales políticas.

El retorno de España a Europa endosó a Bruselas muchas competencias autonómicas. Matizó así el plan descentralizador y el reparto de poder territorial abiertos con la Constitución.

A esas tendencias naturales, se les sumaron otras, artificiales.

La congelación del sistema autonómico —sin alcanzar aliento federal, por ejemplo simbolizado en un Senado de nueva ubicación— provocó que en parte se volviera a las inercias de siempre.

El retorno de la derecha al poder extremó la radialidad, la locura financiera faraónica de Barajas, el derroche de las autopistas radiales, el disparatado diseño de un corredor ferroviario mediterráneo con ramal prioritario en el centro peninsular...

El neoliberalismo iliberal del peperismo local desató un brutal dumping fiscal (eliminación de facto del impuesto del patrimonio) y convirtió a la capital en un semiparaíso fiscal aspirador de grandes fortunas y empresas.

Y la competencia centralista desleal cercenó intentos de reparto geográfico de elementos de capitalidad, de inspiración federal alemana, como ocurrió con la reabsorción de la sede de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones.

Pese a todo eso (y a las ayudas de la inepcia ajena), Madrid no ha superado el tamaño económico de su rival histórica. Aún.

Imaginen si hubiese dispuesto de una dirigencia honesta.

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